El surgimiento del imperio romano, su derrumbamiento y el apogeo del medioevo, fueron quince siglos los que la idea de Dios judeo- cristiana cobijó y transformó por completo al estar todo el conocimiento en relación con Dios antes de que ésta se debilitara y sugiera una nueva síntesis ideológica. El conocimiento humano, cuando se estudia su desarrollo a lo largo de grandes periodos de tiempo, siempre sigue el mismo curso. Se acumulan datos, luego se elaboran teorías y paradigmas explicativos que confluyen en una gran síntesis. Luego surgen contra ejemplos, anomalías y casos problema cuya acumulación produce una gran crisis, el marco cognitivo se derrumba y es remplazado lentamente por otro.
La síntesis de la cosmovisión religiosa se le debe a Santo Tomás. Su libro Summa Theologica define lógica, epistemológica y metafísicamente una teoría del conocimiento alrededor de la idea fundamental de Dios. De esta argumentación, las vías para probar su existencia son el camino más transitado para los estudiosos de su obra y sus argumentos son usados por sus fieles para defender su creencia. El papel de Dios en la obra de Santo Tomás es, a juicio de Tomasini, no sólo complicadísimo sino intrínsecamente ininteligible debido a la formidable simbiosis de elementos disímbolos que lo componen. La síntesis del Dios aristotélico y del Dios de los cruzados.
Santo Tomás sostiene que es necesario distinguir entre “verdades de razón” y “verdades reveladas”. Para él ambas clases de verdades se interrelacionan tendiendo esta conexión a subordinar la razón ante la fe. Las verdades reveladas no se cuestionan, pero son sostenidas por la razón. Las verdades reveladas emanan de Las Escrituras y por ello el dios tomista es el judeo cristiano. Esta síntesis hace al Dios de Santo Tomás tanto un padre protector que otorga salvación personal, como un concepto explicativo. No es meramente especulativo como el de Aristóteles, ni únicamente revelado como el católico. Es ambas cosas. Una persona dividida en tres personas que, al cambiar el concepto de causa eficiente (el mundo siempre ha estado) para volverse explicativo (fue creado), se convirtió también en creador del mundo. Irracional e incoherente, impensable.
Todo refiere a él en su sistema, estructura el conocimiento humano, la creación del mundo, las virtudes, las pasiones, la organización política, etc. Al mismo tiempo Él es garante incondicional de la justicia mancillada.
La gente se cuestiona y se infiltra el germen de la duda en la razón y la fe se debilita, tal como decía Santo Tomás que le sucedía a él mismo, y ante la penuria y la confusión este concepto fue siendo relegado de los corazones ante la interpretación científica de la realidad. Se necesita un temperamento filosófico como el de Santo Tomás para conectar tantos filamentos e interpretar la realidad asi para que la gente no se desilusione por el presagio oscuro que los razonamientos cotidianos infiltran en la fe. A este elemento suma Tomasini el hecho de que casi todas las verdades reveladas provenían de un mundo antiguo y eran celosamente guardadas en abadías por los monjes de la época, los monjes escolásticos. Roger Bacon, perseguido y excomulgado en el siglo XIII, y Giordano Bruno, acusado de herejía y acusado por gracia de Dios a quemarse en la hoguera, fueron los pioneros de la ciencia. La gente comenzó a confiar en sus sentidos y a pensar con libertad, de manera no dogmática, y pronto comenzaron a sucederse disonancias cognitivas con lo que era el conocimiento establecido. La crisis fue inevitable y René Descartes encontró la manera para reubicar a Dios y hacerle hueco a la ciencia y a los científicos.
Tomasini distingue dos finalidades principales en la obra de Descartes: organizar el conocimiento científico y jerarquías conceptuales (conceptos empíricos y a priori), además de situar a Dios en un lugar desde el que no obstaculiza las investigaciones científicas ni en el que puede ser tocado. Su método es el de la duda metódica. En el sistema cartesiano Dios no es el centro sino su sustento, el fundamento del conocimiento, la garantía lógica de que el conocimiento humano es posible. Cabe mencionar que el papel de Dios no es estrictamente necesario para el método cartesiano sino que se le incluye por factores “coyunturales”. Para Descartes Dios es una sustancia autocreada que a su vez creó al mundo. Decir que Dios creo al mundo no lo vuelve necesariamente espectador de éste, pero lo vuelve el creador de las leyes que el hombre individualiza en la realidad a través de la ciencia.
Tanto Santo Tomás como Descartes comparten una posición teísta y hacen un gran esfuerzo por conciliar el conocimiento científico con las verdades de la fe católica ante la inminente revelación de la irrelevancia de este concepto para el conocimiento. Descartes armoniza de una manera más elegante la relación ciencia- fe pero se subordina a la idea de que ambas son interdependientes cuando todo indica que son incompatibles “aún en tiempos de Descartes”. Nada más obvio que las verdades reveladas, los misterios y los dogmas se oponen al pensamiento científico al requerir la aceptación acrítica de sus tesis.
Tomasini destaca que ambos conceptos de Dios, el de Descartes y el tomista, son en realidad reducciones al absurdo de lo que puede considerarse el concepto más normal de Dios, aquel que se revela a partir del análisis gramatical introducido varios siglos después por el siguiente genio de la filosofía de la religión, Wittgenstein.
-Unirse carnalmente -decía Hipatia- como hacen los animales, que no tienen un alma, es sólo una manera de multiplicar el error de la creación. Las hipatias que son enviadas a los fecundadores aceptan esta humillación sólo porque nosotras debemos seguir existiendo, para redimir al mundo de ese error. Las que han soportado la fecundación no recuerdan nada de aquella acción que, si no hubiera sido llevada a cabo por espíritu de sacrificio, habría alterado nuestra apatía…
-¿Qué es la apatía?
-Aquello en lo que cada hipatia vive y es feliz de vivir.
-¿Por qué el error de la creación?
-Pero Baudolino -decía ella, riendo de cándido estupor- ¿te parece que el mundo es perfecto? Mira esta flor, mira la delicadeza de su tallo, mira esta especie de ojo poroso que triunfa en su centro, mira cómo sus pétalos son todos iguales, y un poco curvados para recoger por la mañana el rocío como en un cuenco, mira la alegría con la que se ofrece a este insecto que está chupando su linfa… ¿No es bella?
-Es bella, de verdad. Pero, precisamente, ¿no es bello que sea bella? ¿No es esto un milagro divino?
-Baudolino, mañana esta flor estará muerta, dentro de dos días será sólo podredumbre. Ven conmigo.
Lo llevaba al bosque y le mostraba una seta con la cúpula roja estriada de llamas amarillas.
-¿Es bella? -decía.
-Es bella.
-Es venenosa. El que la come, muere. Te parece perfecta una creación en la que está agazapada la muerte? ¿Sabes que estaré muerta también yo, un día, y que también yo sería podredumbre, si no estuviera consagrada a la redención de Dios?
-¿La redención de Dios? Déjame entender…
-¿No serás tú también un cristiano, Baudolino, como los monstruos de Pndapetzim? Los cristianos que mataron a Hipatia creían en una divinidad cruel que había creado el mundo, y con él la muerte, el sufrimiento y, peor aún que el sufrimiento físico, el tormento del alma. Los seres creados son capaces de odiar, matar, hacer sufrir a sus semejantes. No creerás que un Dios justo ha podido condenar a sus hijos a semejante miseria…
-Pero eso lo hacen los hombres injustos, y Dios los castiga, salvando a los buenos.
-Pero entonces, ¿por qué ese Dios nos habría creado, para luego exponernos al riesgo de la condenación?
-Pues porque el bien supremo es la libertad de hacer el bien o el mal y, para darles a sus hijos ese bien, Dios debe aceptar que algunos de ellos lo usen mal.
-¿Por qué dices que la libertad es un bien?
-Porque si te la quitan, si te ponen cadenas, si no te dejan hacer lo que deseas, sufres, y, por lo tanto, la falta de libertad es un mal.
-¿Acaso tú puedes girar la cabeza para ver justo detrás de ti, pero darle la vuelta de verdad, de manera que puedas verte la espalda? ¿Puedes entrar en un lago y quedarte debajo del agua hasta la tarde, pero digo debajo, sin sacar nunca la cabeza? decía y se reía.
-No, porque si intentara girar la cabeza completamente, me partiría el cuello; si me quedara bajo el agua, el agua me impediría respirar. Dios me ha creado con estos constreñimientos para impedir que me haga daño.
-Y entonces dices que te ha quitado algunas libertades a fin de bien, ¿es verdad?
-Me las ha quitado para que no sufra.
-Y entonces, ¿por qué te ha dado la libertad de elegir entre el bien y el mal, de manera que tú corras el riesgo, después, de sufrir castigos eternos?
-Dios nos ha dado la libertad pensando que nosotros la usaríamos bien. Pero se produjo la rebelión de los ángeles, que introdujo el mal en el mundo, y fue la serpiente la que tentó a Eva, de modo que ahora todos sufrimos el pecado original. No es culpa de Dios.
-¿Y quién creó a los ángeles rebeldes y a la serpiente?
-Dios, cierto, pero antes de que se rebelaran eran buenos como Él los había hecho.
-¿Entonces el mal no lo crearon ellos?
-No, ellos lo cometieron, pero existía antes, como posibilidad de rebelarse a Dios.
-Así pues, el mal, ¿lo ha creado Dios?
-Hipatia, eres aguda, sensible, perspicaz, sabes llevar una disputatio mucho mejor que yo y eso que he estudiado en París, pero no me digas estas cosas del buen Dios. ¡Dios no puede querer el mal!
-Claro que no, un Dios que quiere el mal sería lo contrario de Dios.
-¿Y entonces?
-Y entonces, Dios el mal lo ha encontrado a su lado, sin quererlo, como la parte oscura de sí mismo.
-¡Pero Dios es el ser perfectísimo!
-Claro, Baudolino, Dios es lo más perfecto que pueda existir, ¡pero si tú supieras qué esfuerzo ser perfecto! Ahora, Baudolino, te digo quién es Dios, o mejor dicho, qué no es.
No le tenía de veras miedo a nada. Dijo:
-Dios es el único, y es tan perfecto que no se parece a nada de lo que es y a nada de lo que no es; no puedes describirlo usando tu inteligencia humana, como si fuera alguien que se enfada si eres malo o que se ocupa de ti por bondad; alguien que tiene boca, orejas, rostro, alas, o que es espíritu, padre o hijo, ni siquiera de sí mismo. Del único no puedes decir que está o que no está, todo lo abraza pero no es nada; puedes nombrarlo sólo a través de la desemblanza, porque es inútil llamarlo Bondad, Belleza, Sabiduría, Amabilidad, Potencia, Justicia, sería lo mismo que decirle Oso, Pantera, Serpiente, Dragón o Grifo, porque, digas lo que digas al respecto, no lo expresará jamás. Dios no es cuerpo, no es figura, no es forma, no tiene cantidad, cualidad, peso o ligereza; no ve, no oye, no conoce desorden o perturbación, no es alma, inteligencia, imaginación, opinión, pensamiento, palabra, número, orden, tamaño; no es igualdad y no es desigualdad, no es tiempo y no es eternidad, es una voluntad sin finalidad. Intenta entender, Baudolino, Dios es una lámpara sin llama, una llama sin fuego, un fuego sin calor, una luz oscura, un retumbar silencioso, un relámpago ciego, una calígine luminosísima, un rayo de la propia tiniebla, un círculo que se expande contrayéndose en el propio centro, una multiplicidad solitaria, es… es… titubeó para encontrar un ejemplo que convenciera a ambos: ella la maestra, él el alumno. Es un espacio que no es, donde tú y yo somos lo mismo, como hoy en este tiempo que no discurre.
Una llama ligera le titiló en la mejilla. Calló, espantada por aquel ejemplo incongruente, pero ¿cómo juzgar incongruente cualquier adición a una lista de incongruencias? Baudolino sintió la misma llama que le atravesaba el pecho, pero temió por el apuro de ella, se puso rígido sin permitir que un solo músculo de la cara traicionase los movimientos del corazón, ni que su voz temblara, y preguntó, con teológica firmeza:
-Pero, entonces, ¿la creación? ¿el mal?
El rostro de Hipatia recobró su palidez rosada:
-Pero entonces el único, a causa de su perfección, por generosidad de sí mismo tiende a difundirse, a dilatarse en esferas cada vez más amplias de la propia plenitud; es como una vela víctima de la luz que expande, más ilumina y más se derrite. Mira, Dios se licua en las sombras de sí mismo, se convierte en una muchedumbre de divinidades mensajeras, Eones que tienen mucho de su potencia, pero de forma ya más débil. Son muchos dioses, demonios, Arcontes, Tiranos, Fuerzas, Chispas, Astros, y esos mismos que los cristianos llaman ángeles o arcángeles… Pero no son creados por el único, son su emanación.
-¿Emanación?
-¿Ves ese pájaro? Antes o después generará otro pájaro a través de un huevo, como una hipatia puede generar un hijo de su vientre. Pero, una vez generada, la criatura, sea hipatia o pajarillo, vive por su cuenta, sobrevive aunque la madre muera. Ahora, en cambio, piensa en el fuego. El fuego no genera calor, lo emana. El calor es lo mismo que el fuego, si tú apagaras el fuego, cesaría también el calor. El calor del fuego es fortísimo donde el fuego nace, y se va haciendo cada vez más débil a medida que la llama se convierte en humo. Así te sucede a Dios. A medida que se va efundiendo lejos del propio centro oscuro, de alguna manera pierde vigor, y lo sigue perdiendo más y más hasta que se convierte en materia viscosa y sorda, como la cera sin forma en que se deshace la vela. El único no quisiera emanarse tan lejos de sí, pero no puede resistir a este derretirse suyo hasta la multiplicidad y el desorden.
-¿Y este Dios tuyo no consigue disolver el mal que… que se forma a su alrededor?
-Oh, sí, podría. El único, continuamente, intenta reabsorber esta especie de aliento que puede volverse veneno, y setenta veces siete millares de años ha conseguido volver a hacer entrar en la nada sus desperdicios. La vida de Dios era una respiración regulada, él jadeaba sin esfuerzo. Así, escucha.
Aspiraba el aire vibrando sus delicadas fosas nasales, y luego emitía el aliento por la boca.
-Un día, sin embargo, no consiguió controlar una de sus potencias intermedias, que nosotros llamamos el Demiurgo, y que a lo mejor es Sabaoth o Ildabaoth, el falso Dios de los cristianos. Esta imitación de Dios, por error, por orgullo, por insipiencia creó el tiempo, allá donde antes existía sólo la eternidad. El tiempo es una eternidad que balbucea, ¿me sigues? Y con el tiempo creó el fuego, que da calor pero corre el riesgo de quemarlo todo; el agua, que quita la sed pero también ahoga; la tierra, que alimenta a las hierbas pero puede convertirse en alud y sofocarlas; el aire, que nos hace respirar pero puede convertirse en huracán… Se equivocó en todo, pobre Demiurgo. Hizo el sol, que da luz, pero puede agostar los prados; la luna, que no consigue dominar a la noche más que unos pocos días, luego se afila y muere; los demás cuerpos celestes, que son espléndidos pero pueden emitir influjos nefastos; y por fin, los seres dotados de inteligencia, pero incapaces de comprender los grandes misterios; los animales, que a veces nos son fieles y a veces nos amenazan; los vegetales, que nos alimentan pero tienen una vida brevísima; los minerales, sin vida, sin alma, sin inteligencia, condenados a no entender nunca nada. ¡El Demiurgo era como un niño, que juguetea con el fango para imitar la belleza de un unicornio, y le sale una cosa que se parece a un ratón!
-¿Así pues, el mundo es una enfermedad de Dios?
-Si eres perfecto, no puedes no emanarte; si te emanas, enfermas. Y además intenta entender que Dios, en su plenitud, es también el lugar, o el no-lugar, donde los contrarios se confunden, ¿no?
-¿Los contrarios?
-Sí, nosotros sentimos el calor y el frío, la luz y la oscuridad, y todas esas cosas que son la una lo contrario de la otra. A veces el frío nos disgusta, y nos parece mal con respecto al calor, pero a veces es demasiado el calor, y deseamos el frescor. Somos nosotros los que, ante los contrarios, creemos, según nuestro capricho, según nuestra pasión, que uno de ellos es el bien y el otro el mal. Ahora bien, en Dios los contrarios se componen y encuentran recíproca armonía. Pero cuando Dios empieza a emanarse, no consigue controlar ya la armonía de los contrarios, y éstos se rompen y luchan el uno contra el otro. El Demiurgo perdió el control de los contrarios, y creó un mundo donde silencio y fragor, el sí y el no, un bien contra otro bien se combaten entre sí. Esto es lo que nosotros sentimos como mal.
Apasionándose, movía las manos como una niña que, al hablar de un ratón, imita su forma, al nombrar una tormenta, dibuja sus remolinos de aire.
-Tú hablas del error de la creación, Hipatia, y del mal, pero como si a ti no te tocara, y vives en este bosque como si todo fuera bello como tú.
-Pues si también el mal procede de Dios, también habrá algo bueno en el mal. Escúchame, porque tú eres un hombre, y los hombres no están acostumbrados a pensar de manera correcta todo lo que es.
-Lo sabía, también yo pienso mal.
-No, piensas solamente. Y pensar no basta, no es éste el modo correcto. Ahora, intenta imaginar un manantial que no tiene principio alguno y que se expande en mil ríos, sin secarse jamás. El manantial permanece siempre tranquilo, fresco y límpido, mientras los ríos van hacia puntos distintos, se enturbian de arena, se estancan entre las rocas y tosen ahogados, a veces se resecan. Los ríos sufren mucho, ¿sabes? Y aun así, la de los ríos y la del más fangoso de los torrentes, es agua, y procede del mismo manantial que este lago. Este lago sufre menos que un río, porque en su limpidez recuerda mejor el manantial de donde nace; un estanque lleno de insectos sufre más que un lago y un torrente. Pero todos, de alguna manera, sufren porque quisieran regresar al lugar de donde proceden y han olvidado cómo se hace.
Hipatia cogió a Baudolino del brazo, e hizo que se diera la vuelta hacia el bosque. Al hacerlo, la cabeza de ella se acercó a la de él, y él sintió el perfume vegetal de aquella cabellera.
-Mira ese árbol. La vida que corre en él, desde las raíces hasta la última hoja, es la misma. Pero las raíces se refuerzan en la tierra, el tronco se robustece y sobrevive a todas las estaciones, mientras las ramas tienden a secarse y quebrarse, las hojas duran pocos meses y luego caen, los brotes viven unas semanas. Hay más mal entre las frondas que en el tronco. El árbol es uno, pero sufre al expandirse porque se convierte en muchos, y multiplicándose se debilita.
-Pero las frondas son hermosas, tú misma disfrutas de su sombra…
-¿Ves cómo tú también puedes volverte sabio, Baudolino? Si no existieran estas frondas, nosotros no podríamos estar sentados hablando de Dios; si no existiera el bosque, no nos habríamos encontrado nunca, y ése habría sido quizá el mayor de los males.
Lo decía como si fuera la verdad desnuda y sencilla, pero Baudolino se sentía una vez más traspasar el pecho, sin poder o querer mostrar su temblor.
-Pero entonces, explícame, ¿cómo pueden los muchos ser buenos, por lo menos en alguna medida, si son una enfermedad del único?
-¿Ves cómo tú también puedes volverte sabio, Baudolino? Has dicho en alguna medida. A pesar del error, una parte del único ha quedado en cada uno de nosotros, criaturas pensantes, y también en cada una de las demás criaturas, desde los animales a los cuerpos muertos. Todo lo que nos rodea está habitado por dioses, las plantas, las semillas, las flores, las raíces, las fuentes, cada uno de ellos, aun sufriendo por ser una mala imitación del pensamiento de Dios, no querría sino reunirse con él. Nosotros debemos encontrar la armonía entre los contrarios, debemos ayudar a los dioses, debemos avivar esas chispas, esos recuerdos del único que yacen todavía enterrados en nuestro ánimo y en las cosas mismas.
Dos veces, dos, Hipatia había dejado escapar que era bello estar con él. Esto alentó a Baudolino a volver.