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La bóveda moral.

enero 2, 2011

Mapa del infierno de Dante

En realidad el concepto que Aristóteles tiene de Dios puede guiarnos en el análisis de una serie de problemas relacionados con la lógica y el funcionamiento mental, pero sería incorrecto pensar que la influencia que ha ejercido es comparable con la que ha ejercido el concepto judeo- cristiano de Dios moral. Si el concepto de Dios que tenía Aristóteles se ha conocido es principalmente debido al uso que hace de él Santo Tomás de Aquino, sin embargo el concepto que éste último tiene de Dios es distinto al de la tradición judeo- cristiana del que nos ocupamos ahora.

Más que revisar la historia del pueblo hebreo para analizar esta idea de Dios, Alejandro Tomasini propone comenzar tomando en cuenta la realidad material del pueblo elegido. En el tiempo que interesa el pueblo judío carecía de líderes políticos o de grandes militares que otorgaran al pueblo instituciones o una visión teleológica de su propia historia. La tierra que servía como terreno común no podía, debido a las disputas y al éxodo, servir adecuadamente como cemento cultural de la comunidad. Únicamente el lenguaje y con él la religión y la casta sacerdotal servían como centro alrededor del cual se reunía la comunidad. La tradición oral fue consignando a lo largo de varios siglos las vicisitudes del pueblo hebreo culminando en su posterior recopilación en el Antiguo Testamento. Cuenta el autor que es posible encontrar en el texto referencias a creencias más propias de los babilonios y los persas, como la creencia en el paraíso y en la realidad del diluvio universal, a partir de las cuales se fue formando un dios especial y con rasgos muy específicos de la sociedad hebrea. Al no contar con una auténtica organización agrícola y ser nómadas, los hebreos se volvieron diestros en el comercio y su sociedad se fue poblando primordialmente de comerciantes que a partir de sus intercambios dotaron al pueblo hebreo de un carácter cosmopolita mucho más intenso que el de las demás culturas con las que se relacionaban. No era necesario un dios del sol o de la lluvia. El dios tenía que ser protector, guerrero y expansionista, uno con el cual mantener una relación cercana y ganar protección ante la desgracia y el infortunio. Es con éste que se establece un elemento de verdad en la religión, hasta antes los cultos tenían otra finalidad que regular las interacciones sociales por medio de las creencias. La religión judía fue un instrumento de conquista durante los siglos que siguieron. Comparada con las demás religiones ésta era mucho más sofisticada y aportaba conocimientos de lo que ni siquiera se consideraba en las “religiones naturales”. Dicha sofisticación se resume en tres hechos: era monoteísta, incluía la creencia de la misma religión en sus preceptos y dogmas, y situaba a Dios en el ahora muy difundido lugar de quien premia y castiga, en el de un juez moral.

Es con el judaísmo que surge el teísmo: la creencia en un ser personal (individual), omnipotente, omnisciente y con el que es posible comunicarse e incluso negociar. Tomasini encuentra en éste hecho el fundamento de todos los conflictos que surgieron entre la religión y la ciencia en siglos posteriores debido a que el teísmo constituyó el final de las religiones naturales como forma de conocimiento.

A la par que la fundación del teísmo se realizaron grandes progresos a nivel lingüístico y gramático que cobraron gran importancia en la implantación de esta nueva idea de Dios. Una de las funciones de la gramática es la de ordenar la lengua, crear categorías en las que los signos utilizados para el intercambio con el otro puedan ser ubicados, por ejemplo la clasificación de adjetivos, preposiciones, verbos o nombres; o la clasificación de las expresiones en exclamativas, afirmativas e interrogativas. Estas clasificaciones formales tienen gran utilidad y facilitan la comunicación, su aspecto negativo consiste en que borran distinciones en el lenguaje que tienen alto interés para la filosofía al encubrir el uso real que las personas dan a los vocablos. Todo sujeto de una oración debe ser sustantivo o nombre propio. Dios, al ser sujeto de muchas oraciones (!), implica gramáticamente que es un nombre propio que designa algo específico. Dice el autor con cierta impotencia ante la pérdida del concepto indoeuropeo de Dios: “Ellos (los gramáticos) convirtieron el nombre de todo eso que está arriba de nosotros en un ser especial”. Fue este un proceso de reificación y el origen de muchos equívocos en la exploración de la realidad simbólica: Si la palabra Dios era usada para designar otra cosa, nada en particular, no extraña que cualquier intento de búsqueda por encontrar y describir  a “aquel ser” hayan fracasado.

A estos dos fenómenos, surgimiento del teísmo y las reformas gramáticas, se le une el Pablismo en el proceso de cosificación de Dios. Una de las diferencias entre el cristianismo y el judaísmo es que en éste último Dios tiene nombre pero debido a su estado especial no puede nombrársele, lo cual implica darle un grado de realidad distinto al que le da posteriormente la tradición cristiana en donde no sólo se lo nombra sino se lo representa, donde se sabe quién es, cuándo encarnó, resucitó y cuáles son sus personalidades. Es en el pensamiento de San Pablo que Dios se vuelve el protagonista de una serie de historias de las que se nutre ampliamente el sistema simbólico católico. El Dios católico se vuelve entonces personal, mantiene una relación paternal en la que se exige el respeto y la adoración, premia y castiga, es capaz de manifestarse en el mundo y, a diferencia de un dios teórico se torna de utilidad práctica pues se permite negociar con Él.

Ésta es la idea de Dios que permearía la vida cultural del mundo durante más de trece siglos, a contar desde el éxodo judío, y que marcó un eje alrededor del cual ha girado la vida humana en todas sus dimensiones. En su marco, la teología y la filosofía de la religión, a juicio de Tomasini, no constituyeron en otra cosa que una adaptación de la razón a él. Transcurridos esos trece siglos surgió una crisis previsible en el desarrollo de toda idea y aunque esta idea de Dios enfrenta su ocaso no ha sido desbancada o sustituida por otra de la misma magnitud y continúa operacional.

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