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La bóveda celeste.

diciembre 23, 2010

A continuación presento material basado en el libro “Nuevos ensayos de filosofía de la religión” de Alejandro Tomasini. El libro me fue prestado como una forma de comprender un poco más del sistema filosófico de Ludwig Wittgenstein ya que Tomasini, que trabaja en el sistema nacional de investigadores, hace un análisis de diversos temas religiosos desde la mirada del autor. El primero de los ensayos se titula “La idea de Dios”. Para hacer su análisis de la idea de Dios el autor se basa en dos tesis. Por un lado sostiene que la idea de Dios es fundamental para el hombre real, es una idea indispensable para el funcionamiento de nuestro aparato conceptual y, en tanto sujetos hablantes, ocupa un lugar similar al tiempo, la materia, la mente, el espacio y la causalidad. La segunda de las tesis es que la idea de Dios ha variado según las circunstancias históricas, es decir que la concepción prevaleciente de la divinidad se adapta al mundo.

El autor encuentra al menos cinco conceptos diferentes de Dios a través de la historia que iré presentando en entradas subsecuentes.

a)Nominativo (Indoeuropeo).

b)Especulativo (Aristóteles).

c)Moral (Judeo-cristiano).

d)Explicativo (S. Tomás)- Fundacionalista (Descartes).

e)Expresivo (Wittgenstein).

En consecuencia con el método de Wittgenstein sería inútil rastrear y comparar las definiciones que se han dado de Dios, no importando qué fuentes pudieran consultarse se caería irremediablemente en una casa de espejos en el que la imposibilidad de tener un punto de relación fijo nos mantendría en una problemática ilusoria. Para Wittgenstein si una dificultad es insoluble no es un problema real, sino que brota de un espejismo lógico. Entrando de lleno en la filosofía del lenguaje lo que hace falta es rastrear los usos que ha tenido la palabra e imaginar las explicaciones de éstos para apreciar la importancia que tiene el concepto.

Para actuar en el lenguaje las palabras deben de cumplir con una función nominativa (nombrar objetos). Es muy probable que la palabra Dios no haya estado acuñada en las primeras etapas del lenguaje al no designar aspectos prácticos y materiales de la realidad como fuego, piedra o sol. Es interesante la reflexión del autor de que rastreando esta función nominativa en los orígenes del lenguaje lo más probable es que Dios designara algo que a pesar de estar en el campo visual no permitiera una conexión táctil y que comprendiera algo que englobaba o cubría todo lo conocido. Dios nació como un nombre propio especial: su función era referirse a algo, a todo aquello que cubría los objetos particulares del lenguaje natural. No había creencias, magias o ritos asociados. Dios aplica al cielo, a la bóveda celeste, a aquello que puede señalarse mas no tocarse. Todavía se señala hacia el cielo cuando se piensa religiosamente o no en Dios, quizá Dios haya quedado arraigado en la cúpula celeste desde aquel tiempo, en el que a pesar de tener ritos “religiosos” que hacen pensar en los poderes de la naturaleza Dios no tenía que ver con ellos. Puede desearse no ahogarse, ser devorado y saberse desprotegido sin tener necesidad de Dios. Es decir que el animismo fue secundario a la designación geográfica de Dios, a su aspecto topográfico, éste pudo muy bien haber sido entonces empleado como pantalla para la proyección inconsciente de los primitivos.

Al autor le parece improbable que los primeros hablantes pudieran haber acuñado ningún otro concepto que el nominativo. En aquel momento lo importante era aún nombrar, no comprender.

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